miércoles, 18 de junio de 2014

CLUB DE LECTURA. FIN DEL CURSO.

Miembros de nuestro Club de Lectura “Rafael Balsera del Pino” tras finalizar la última reunión del curso. En esta ocasión se debatió sobre la obra “Relatos de un neurótico", escrita por Ricardo Santofimia, uno de los miembros de nuestro club. Desde estas líneas queremos felicitarlo por su magnífico trabajo y agradecerle el placer que nos ha proporcionado la lectura de su obra. Un magnífico broche para una temporada en la que, tras la lectura individual de las nueve obras programadas, hemos asistido a fructíferas y jugosas lecturas colectivas, que Ricardo, en una tercera lectura, ha sabido plasmar de forma magistral en las crónicas que aparecen en esta misma página web.



viernes, 13 de junio de 2014

Reseña de la sesión dedicada a NÉMESIS de Philip Roth


A tal obra, tal sesión. Poliédrica. La calificación inicial que recibió la primera contagió a la segunda. Una novela con muchas caras, y cada una de ellas susceptible de varias interpretaciones. El autor invitaba a observar y reflexionar sobre actitudes y comportamientos de unos y otros personajes ante las mismas circunstancias. Y la reunión respondió cumplida y sobradamente a la invitación-envite.

El autor y su obra, el marco. Un escritor, miembro de una comunidad judía de emigrantes, aunque ateo. Y una novela que, sin obviar su reflejo de la condición humana, adopta perspectiva existencialista y cuestiona la religión porque anula a las personas al inocularles el sentimiento de culpa. Con dinámica narrativa que los asistentes diseccionan en tres fases. Al principio, desde la supuesta visión del narrador omnisciente, la redacción es fluida, periodística. Después, cuando se revela la naturaleza del verdadero narrador, testigo, aunque este quiebro se considera acierto del autor, el progreso argumental se ralentiza en exceso. Y por último, concentración temática en las diez o quince últimas páginas.

Es justamente al final de la trama, con esa especie de torbellino de ideas que casi lo eclipsa, donde se cierra el poliedro de la ficción y se inicia el de estos lectores, que apenas escapan al acto reflejo de volver la vista atrás para su análisis -más de uno aseguró que había leído el libro dos veces-. En varias ruedas de intervenciones los tertulianos fueron del protagonista a Dios, a los demás personajes, al sentimiento de culpa y al título mismo de la novela, aportando los vértices y aristas que vislumbraban en cada uno de ellos.

Perdedor es el primer trazo que atribuyen al protagonista. Y se añade el de fracasado; pero enseguida, el matiz: fracasado a pesar de él -se le encontraba cierto paralelismo con El médico a palos de Molière-. La acumulación de desastres en torno a su persona lo van dejando poco a poco sin salida. Su carácter perfeccionista (que, por tanto, no asume errores), su condición de creyente (Dios ha puesto los virus de la epidemia) y especialmente su continuo preguntarse son características con las que el personaje no tiene más remedio que fracasar. El gran drama de la existencia: pensar e interrogarse supone dolor.

Para la reunión, el único personaje que interesa al autor. Por eso difumina las soluciones que aportan los demás a la problemática del protagonista. Marcia, la novia, un personaje plano, simple, plantea una salida sencilla a la enfermedad de Bucky. Actitud que para algunos asistentes no parece convincente, no es sincera al querer casarse con el enfermo; por eso, él, que lo intuye, facilita la ruptura. Y en cuanto a Arnie -el narrador testigo- , el contraste de su situación-solución amorosa con la de Bucky (ambos con la misma enfermedad) lo utiliza el autor para abundar en la personalidad del protagonista: nada más difícil que salvar una mente bondadosa, que incluso renuncia al amor para que Marcia no sufra.

Arista, vértice, otra cara del poliedro en las disquisiciones de la reunión. Al protagonista ya desde el principio lo embarga un sentimiento de culpa, si bien, larvado: cuando no pudo ir a la guerra a causa de su invalidante miopía. Pero aflora y lo atenaza cada vez más a partir de que acude al reclamo de la novia. Decisión, para unos asistentes, el punto más débil de la novela, porque no se justifica el cambio de actitud que venía manteniendo, el hilo introspectivo del personaje no aporta razones de peso. Aunque algunos consideran suficiente el efecto seductor de la conversación con el padre de la chica (entre otros temas, le pide autorización de matrimonio); y símbolo de la decisión de irse con ella, el acto de comerse un melocotón en el porche de la vivienda donde charlan.

Para parte de la reunión, venía asumiendo la responsabilidad, la culpa, por temor al Dios castigador. Para otros, sin embargo, la afronta sólo frente a los demás. En cualquier caso, sí se considera patente su incapacidad para superar tan voraz sentimiento; a pesar de que en realidad desconocía que transmitía la enfermedad.

La tertulia en modo alguno evitaría la pregunta y la reflexión consiguiente: ¿por qué la culpa? Determinadas religiones presionan la responsabilidad hasta llevar la culpa al límite de la imposibilidad de cumplir con todos sus preceptos. Verdaderamente, preguntar `cómo´ ha venido la enfermedad en vez de `por qué´ habría evitado ciertas responsabilidades.

¿El azar?, ¿el destino?, ¿Dios? Juego de interrogantes que el autor deja en el ánimo de la tertulia, junto al título. Se trata del tema más inquietante de la novela, suscita controversia y tensión al enfrentar despiadadamente fe con razón. ¿Es Dios quien decide lo bueno y lo malo? Se cita aquí al psicólogo Pinker cuando se pregunta si Dios justifica el asesinato o la violación (no olvidemos que para Bucky Dios ha enviado los virus de la epidemia); y en consecuencia, ante determinados episodios, ¿quién es más potente, Dios o la razón?

La respuesta parece intuirse en el título -Némesis-, otro vértice o arista o cara del poliedro. Némesis, diosa pagana de la equidad, resolvería: en la vida a todos nos pasan desgracias, la cuestión está en superarlas. Es Némesis, pues quien interviene, no Dios.

Amor, frustración, culpa, Dios, la existencia…, un poliedro, los grandes temas de la humanidad en la literatura.
Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

martes, 20 de mayo de 2014

Reseña de la sesión dedicada a ENSAYO SOBRE LA CEGUERA de José Saramago

           A saber si por la temática de la novela, o por el menor número de asistentes, o acaso por la conjunción de ambos factores, en la sesión fue calando un microclima de sabor intimista.
            Las intervenciones se sucedieron pespunteadas de silencios (que no de pausas). Intervalos preñados de disposición a compartir el objetivo del autor, conmover al lector.
         Hubo sincronía: el libro provoca malestar. Con todo, las precisiones fueron más elocuentes. Casi a modo de confesión. En unos primaba el agobio por esa especie de campo de concentración donde discurre buena parte de la acción narrativa. Otros habían encallado a mitad de lectura presos de la angustia. Quien lo había superado a duras penas por la tristeza que le causaba. Quien dudó de que la obra, voluminosa, mantuviera atrapado al lector más allá de la página 90 -donde presumía la sima de la degradación humana-; pero, contra pronóstico, el interés le reverberaba in crescendo hasta el final. Y quien se debatió en encuentros y desencuentros con el libro: leer, interrumpir-abandonar, volver a leer ¿con temor?, ¿con aprensión?, hasta la última línea, satisfacción por el mensaje recibido y recomendar, ¿como terapia ética?
            Para los asistentes, habría que rastrear la respuesta desde el título mismo, de expresión tan sencilla como ambigua. En principio, esta obra, una novela, no respondería al término normativo de `ensayo´. O sí en algo, la verosimilitud de la narración permite formular una hipótesis: la ceguera nos lleva al envilecimiento. Lo sostiene Saramago con argumentario moral o ético mediante narrador interpuesto. En primera persona del plural, recurso por demás frecuente en las exposiciones ensayísticas, el emisor del mensaje complicea con el receptor. Y vaya si lo consigue (queda dicho, tertulianos conmocionados). Y por otro lado, se trasladó a la reunión el criterio de un compañero ausente: el título responde a la gran parábola que subyace en la novela: el trauma de la ceguera física como trasunto de las otras cegueras.
            Ambos supuestos se consideraron complementarios y  compatibles con el empeño del autor. Proyectan el proceso de deshumanización de unos personajes, por lo demás, intencionadamente despersonalizados -ni un solo nombre propio en la novela- ¿Identidad? Suficiente con algún rasgo físico o sociológico individual (el viejo del ojo tapado, la mujer del médico…) o colectivo (los ciegos, los militares, el gobierno…). El foco está en la metamorfosis.
            La reunión comparte perpleja la transición de los ciegos, desde los inicios mismos de su reclusión en cuarentena, camino del abandono más denigrante (renuncia a la urbanidad, al aseo personal…) o la supervivencia más feroz o humillante (la ley del más fuerte, el poder, el chantaje…). El entendimiento cada vez más embrutecido las vísceras cada vez más lúcidas.
            Pero también se comenta la otra indignidad, la del otro lado, la de los que aún ven en el comienzo de la catástrofe, los afortunados y poderosos. Su insolidaridad y desamparo hacia los ciegos (con la excepción de algunos militares). Y la moraleja: precariedad que vemos pero que no queremos ver.
               El ensayo y la parábola: todos ciegos.
          No obstante, por encima del pesimismo devastador latente en la novela, la tertulia atisbaba contrastes en el lodazal. Mientras unos se envilecen, otros arrostran, aunque con personalidad bien cimentada, donde los títulos ayudan poco: cuando el médico veía, era quien lideraba el rol familiar; pero ya ciego en la ambulancia, el personaje de su mujer, con la decisión de acompañarlo, se agranda y supera al del médico. Otrosí: situaciones extremas nos despojan de singularidades e igualan hacia la degradación, pero el bagaje  cultural atenúa, mantiene un poso de humanidad, como en el caso del médico y su mujer.
            La mujer del médico, relevante en la novela, fascinante a lo largo de la sesión. Personaje redentor de las miserias más abyectas con las que convive. Símbolo de la fortaleza mental frente a la adversidad: no sucumbe a la ceguera, mantiene la vista en un acto de voluntad, ve porque quiere ver. Y ¿controvertido referente ético?: mata al opresor que chantajea y humilla a las mujeres, a ella también. ¿Tomarse la justicia por su mano? Los asistentes se plantearon los derechos de la víctima sobre el verdugo (al hilo del comentario al respecto de un compañero ausente transmitido a la reunión).
            Y en la estela de esta mujer, un personaje imposible de sortear en la reseña: un perro que también ve, como ella, el perro de las lágrimas (su denominación en la obra). La ternura que inspira la solidaridad de un animal con los infortunios del ser humano -¿humanización versus animalización?
Otras reflexiones dejó la obra en el ánimo de los asistentes: el sentido de la austeridad, los mayores recursos del campo que de la ciudad para la supervivencia, o la inmanencia del apetito sexual aun en condiciones tan aciagas. También, la casa como territorio acotado (los humanos como los animales): a más dependencia, más necesidad de aferrarse a lo propio; tanto que la invasión del espacio, de tu espacio, genera reacción.
Finalmente, una consideración, no por lógica menos digna de análisis: la importancia del sentido de la vista. Aquí arribaron algunas experiencias personales: el recuerdo de un familiar que fue perdiendo la vista durante años, la propuesta de permanecer ciegos durante un día, o el comentario de que a cierta edad el problema no es perder un sentido sino capacidades de los cinco.
Así, la lectura del libro situaba a los asistentes simultáneamente en el trauma físico e individual de tal carencia y en el psicológico y social, y en el trascendente. No cabía duda, Saramago había logrado con creces conmover al lector. El ensayo y la parábola.

                                               Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Reseña de la sesión dedicada a LA LLAVE DE CRISTAL de Dashiell Hammett


Una sesión de cine. Por el inevitable correlato de esta novela negra americana, clásica, con el clásico cine negro americano (¿cómo sustraerse a la evocación?). Y porque, para afrontar género tan específico, la tertulia probó de nuevo su versatilidad, y su bagaje cultural -añádase según grado de convicción y vehemencia.

De cine. Casi cabría asegurar que cada lector de la obra acudía con su película de la novela. Así que rara fue la intervención que no cayó en la tentación, como muleta, comparación, apostilla o superación. Pero, aunque mediatizada por esas imágenes del celuloide blancas y negras y brumosas, la reunión alumbró alternativas y contrastes irisados. No en vano, asistían incondicionales del género negro junto a neófitos y escépticos.

Desde los más avisados se destacó el carácter novedoso de la obra. Su aparición en 1931 hace de Hammett el iniciador de un clásico literario, la novela negra americana. Luego vendrían Poe, Agatha Christie… No obstante, la valoración general hurgaba sobre un tema que teñía la acción narrativa: el desapego y descrédito de la democracia `formal´ imperante en la Norteamérica de aquellos años. Como por ejemplo, callar determinados comportamientos, alguno muy relevante, hasta después de las elecciones (¿de qué nos suena eso?). Una práctica corrupta -¿es necesario aclararlo?- que mereció triste paralelismo con el caciquismo necroso de la España de la misma época.

También en perspectiva, algún escepticismo: la novela adolece de profundidad en cuestiones psicológicas y sociológicas. Otras opiniones, por contra, no lo consideran defecto, sino propósito consciente del autor, que confía la interpretación a la agudeza del lector.

Controvertida apuesta esta última, porque, a la hora de enjuiciar el argumento, para muchos de los asistentes pareció enrevesado –fue el término más empleado-: no se entendía bien la relación Ned-Paul, resultaba cuando menos extraño que el protagonista sobreviviera a paliza tan sanguinaria, y… qué más. Sí, ¿qué pintaba en la trama del crimen el sombrero del muerto? Más de un contertulio confesó que había tomado notas para no perderse por el bosque de la intriga, a pesar de que, como para otros, tal maraña no escondía demasiado la autoría del crimen. El poderoso influjo del cine. Claro, se advirtió, Hammett se había dedicado a guionista hacia el final de su vida.

Brumas de la ambigüedad que, para la tertulia, alcanzaba a la mayoría de los personajes. Sobre todo a los masculinos, porque las mujeres ocupan aquí papeles secundarios, superficiales, como secundando el contexto sociológico de la época. Cabría decir que se trata de una novela de hombres. De entre los cuales, la personalidad del protagonista acaparó buena parte del debate. Para algunos tertulianos, desde presupuestos éticos, resultaba desconcertante que un gánster albergara sentimientos nobles, como, por ejemplo, hacia la madre y la hija de Madvig. Ítem más: mantiene con el mismo Madvig una relación de amistad (cuyo origen se desconoce) bajo los loables principios de lealtad y honradez, pero al servicio del hampa y la corrupción política. Mientras que otros intervinientes enfatizan esa férrea lealtad de Beaumont, a prueba de riesgos. Lo que, a su vez, niegan algunas opiniones, que sólo aprecian en tal comportamiento una relación profesional. Afán clarificador que, por un lado, rastrea en la vida del autor: éste habría dotado al protagonista de un código ético similar al que por entonces modelaba su peripecia existencial. Y por otro, recuerda que en este tipo de personajes novelescos es frecuente el lado noble y el canalla. La larga y humosa sombra de Bogart.

Posturas tan matizadas y matizables confluyeron, no obstante, en una conclusión relativa: conocemos a cada cual por su comportamiento (por “el cómo” actúa). Nos encontramos con un narrador-cámara, que se reprime para no entrar dentro del personaje. Técnica cinematográfica trasladada a la novela a base de secuencias de carácter impresionista muy bien escritas. Su objetivismo descriptivo, su minimalismo, sus frases cortas sin subordinación no dejan indiferentes a estos lectores. De todo ello quizás se derive la ambigüedad o el desconcierto para la interpretación, pero también una actitud posiblemente más respetuosa con el lector que la del narrador omnisciente.

Y sin embargo, hasta el título de la novela incubaba cierta perplejidad en la reunión. Una metáfora difícil de descifrar. Hasta el punto de que el primer planteamiento de su interpretación fue acogido con un silencio inicial. Pronto se apuntaría al sueño de Janet para justificarlo, o a simbolizar la fragilidad de las relaciones humanas. Luego prosperaría la opinión de que título tan desconcertante transmitía un sentimiento pesimista: la verdad imposible, con una verdad quebradiza no hay salida. Una llave de cristal no sirve para nada, el cristal se rompe.

Quizás el final de la novela sorprendió menos, a tenor del grueso de las intervenciones. Si acaso porque resolvía trama tan entramada de un modo infantil. Sabor clásico, como otros, genuinamente americano. Entiéndase, de cine negro americano. Aunque importa precisar (y así se hizo en la reunión) que primera en el tiempo fue la novela negra americana. Serían sus ingredientes los que después pasarían al celuloide. Inciso relevante, de justicia, para reconocer que esta obra y su género narrativo enriquecen la variedad de la expresión literaria.

Claro que sustraerse a lo ya disfrutado en las pantallas de nuestros años... clásicos… Todos o, como poco, muchos, habíamos estado como alguien dijo espontáneamente: “leyendo la película”.

Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

lunes, 17 de febrero de 2014

Reseña de la sesión dedicada a EL AMANTE BILINGÜE de Juan Marsé

         Símbolos, símbolos. La sesión fue haciendo calas sin método en los símbolos que aparecen, se supone que estratégicamente, a lo largo de la novela. Podría interpretarse que en detrimento de la expresión literaria -apenas recibió trato específico-. Y sin embargo, el esperpento nacido de ella sustenta el estro simbólico de la obra, que el autor hace germinar desde su cita preliminar de Machado sobre el carnaval.

Implicación inicial del autor que, a juicio de los asistentes, ya no abandonará en toda la novela. En primer lugar trasladando los apellidos de su biografía a la personalidad del protagonista (Marés, Faneca), y con ello tomar posiciones emocionales, sociológicas y políticas ante el devenir existencial del personaje creado.

            Curiosamente, a diferencia de otras ocasiones, durante la reunión se hablaría más del autor que del narrador. Tan sutil se antojaría la divisoria entre uno y otro.


            Dos apellidos, pues, de una identidad real para simbolizar el desdoblamiento de la personalidad del protagonista. Cuestión que acaparó buena parte de las intervenciones. Personaje calificado de patético e inverosímil, pero creíble por la paulatina transformación que ejerce sobre sí (en sus relaciones con los amigos, los vecinos, su ex-mujer, en sus canciones…). Lo que apunta a cuestionar en el ser humano una individualidad permanente, inmutable, y a la posibilidad de la existencia de otros yo en uno mismo (idea en la órbita de la Metamorfosis de Kafka).

Otras interpretaciones, no contradictorias con lo anterior, sugieren que el personaje, desde su perspectiva moral, se debate en la búsqueda de su identidad en libertad, que acaso no culmine en sus relaciones con la muchacha ciega (¿final abierto de la novela?). Actitud que, en todo caso, lleva a la destrucción del sujeto original. Pues dotarse de otra identidad incluye también la correspondiente personalidad, donde se realiza o se guarece. Proceso sicológico que un contertulio precisó con frase de alcance -reflexión y humildad-: “somos una ficción creada por nosotros mismos” (¿el carnaval?).

            Protagonista insertado en una gran metáfora de la realidad sociológica catalana. Reflejo exagerado, caricaturesco, que parece propio de cierta rabiosa actualidad. El autor -de nuevo el autor- ¿un adelantado a su tiempo?, se pregunta la reunión. ¿O es que ya existía aquella situación en Cataluña cuando escribió y publicó la novela? Y otra pregunta: ¿qué repercusión hubiera tenido si se hubiera publicado en los tiempos más recientes?

             Para los asistentes, Juan Marsé pasa por el tamiz del ridículo su crítica a una identidad sociopolítica cuadriculada, rayana en la catetez, a la política lingüística y, en definitiva, a una burguesía decadente que utiliza el nacionalismo sólo como artefacto de poder -¿manipulación de la conciencia patriótica?-. Y en particular, se considera lacerante radiografía de las relaciones de poder el pasaje de la representación del niño-araña (¿el carnaval?).
Juan Marsé

            También el autor -otra vez el autor- traslada de la realidad a la ficción el edificio Walden 7, construcción de Bofill, emblemática de la Barcelona de los años 70, nacida al calor de la modernidad, del progreso, de la conexión interclasista. Aunque en la obra esa simbología real queda violentada por la parodia significada en las deficiencias del edificio, que frustra las expectativas iniciales. Al respecto, surgió cierta controversia al interpretar las intenciones del autor. Por una parte, se vislumbra su desencanto con la democracia en la persistente caída de losetas de la fachada del edificio descrita en la novela -también ocurrió en la realidad-. Se argumenta esto contrastando fechas de la realidad y de la ficción. Pero, por contra, se arguye que determinados acontecimientos históricos, económicos y políticos de esas mismas fechas prueban que la decepción aún no había hecho mella en la sociedad. A la vista del desarrollo narrativo, mejor parecería relacionar el deterioro del edificio con el propio del protagonista y con el choque de dos grupos sociales (los acomodados y los menesterosos) y de dos, digamos, culturas (la catalana, o catalanista, y la charnega). En este último aspecto, se advierte que las intenciones nacionalistas chocaron con la abundante emigración de la época.

            Dicho análisis en torno al edificio no deja indiferente: consigue que todas las piezas de la novela encajen mediante la simbología (¿el carnaval?).

            Así pues, el universo simbólico de la novela ha atrapado desde el principio el ánimo de la reunión: la premonitoria cita machadiana, la estructura de flashback, el uso de los nombres con doble intencionalidad, los tintes autobiográficos, la borrachera nacionalista. Se presume que el autor -una vez más el autor- tenía bien procesada previamente la acción narrativa: desde el disfraz del protagonista, la salacidad de su ex-mujer o la arrogancia del catalán monolingüe, hasta tantas otras circunstancias tachadas de inverosímiles por parte de los asistentes. Pero el contexto carnavalesco lo explica todo.

            Aunque no para todos. Hubo quien expresó su descontento con la obra -y no se le rebatió-: a pesar de los valores simbólicos y la ironía subyacente, la historia narrada “no engancha”.

            Tampoco fue objeto de réplica una apreciación de apariencia contradictoria: novela de perdedor, que, sin embargo, triunfa cuando se vuelve charnego, aun siendo catalán de nacimiento. Al hilo, alguien advertía o reprochaba o denunciaba: el libro elude la actitud de otros charnegos de la realidad que, en dirección contraria a la ficción, intentan catalanizarse -¿por convicción?, ¿por esnobismo?, ¿para sobrevivir en el medio?

            Y una última intervención, de cierre: nos encontramos posiblemente ante una historia aburrida, insulsa y hasta inverosímil si no hubiera sido sublimada por el esperpento (¿el carnaval?). 

                                                           Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

jueves, 6 de febrero de 2014

Reseña de la sesión dedicada a EL HEREJE de Miguel Delibes


            ¿Novela histórica? Parecía llamada a ser sólo una primera cuestión para debatir, pero sirvió más a lo largo de la sesión como encabezamiento. Es decir, cada interviniente comenzaba por argumentar a favor, o relativizaba la dimensión histórica de la ficción creada, para seguidamente exponer su valoración de la obra en general, o de sus recursos expresivos, o de los personajes, o de los temas y subtemas detectados, o de todo ello.

            Así pues, conviene seccionar. Por partes:
            Con respecto a lo de novela histórica –determinar si es, no es-, su concepto mismo no ayudaba mucho, tan manoseado en estos tiempos donde proliferan narraciones con dicha etiqueta. En tanto que novelar hechos históricos constatables, hubo opiniones explícitas a favor del sí: El Hereje cumple con esos parámetros por los acontecimientos que desarrolla; y, si bien los personajes principales pertenecen a la pura ficción, está documentado que Felipe II (de fugaz aparición en el episodio nuclear de la novela) comenzó su reinado con un auto de fe en Valladolid. Y además, el mismo autor recomienda la consulta de historiadores que corroboran lo que él narra.

            Sin embargo, otra tendencia cuestionaba con interrogantes: ¿son realmente históricos los hechos narrados?, ¿cómo se sitúa a un personaje de ficción en su época para que la narración adquiera valor histórico? O consideraba más relevante el triple escenario costumbrista, económico e histórico descrito en la obra (con ecos de la novela picaresca), o la reflexión en el presente sobre los planteamientos religiosos del XVI, o la recreación tan didáctica del auto de fe novelado.

            La valoración general de la obra, como el resto de los aspectos tratados, osciló entre el debe y haber. En el haber la calificación de magnífica, su magnitud literaria, reconocida con el Premio Nacional de Narrativa en 1999, el mérito de haberla escrito a los 78 años de edad y el estímulo por la investigación en mapas de su espacio geográfico -hasta Valladolid ha creado la ruta turística de El Hereje-. Y en la parte del debe, la lentitud de la acción narrativa, producida principalmente por los excesos descriptivos (por ejemplo, demasiadas idas y venidas por los páramos, etc.), lleva al cansancio y en algún caso al abandono definitivo de la lectura; y en consonancia, el convencimiento de que sobran muchas páginas porque no aportan nada al argumento ni al tema de la novela. Añádase la corriente generalizada de considerar esta novela complementaria de la lectura de la sesión anterior, Castellio contra Calvino -los asistentes, aún bajo el síndrome de Stefan Zweig.

            En cuanto a la expresión literaria, se partió de un denominador común, su altísima calidad, que en muchos pasajes rezuma ironía y, en definitiva, sentido del humor. Concita la atención de los asistentes la riqueza de léxico y metáforas, como las referidas a sombras, caballos o escenas de caza. Y las descripciones de personajes (ridículas algunas), de lugares y de ropas, tan exhaustivas estas últimas que invariablemente te llevan a consultar el diccionario -asegurar al paso que todos los términos aparecen en él-. Todo ello permite digerir la novela; a pesar de que en el otro lado de la balanza se sitúa un exceso de cultismos y de erudición en general.

            Por lo que respecta a los personajes, el análisis del protagonista tampoco fue homogéneo. El mayor acierto se fija en la creación de un personaje que va creciendo a medida que avanza la trama narrativa, hasta culminar en dar ejemplo a los demás con su coherencia y compromiso final. Un personaje, de retrato caricaturesco, cuyo leitmotiv es mitigar la falta de afectividad que lo rodea desde el nacimiento. De ahí que se enamore de su ama de cría (complejo de Edipo), se case con una, digamos, mujerona (deseo de protección maternal), aplique una especie de justicia retributiva con sus empleados (necesidad de reconocimiento social) y busque refugio espiritual en los conventículos. No obstante, algunos asistentes lo consideraron un personaje artificial: su actitud social parece, a la vez que impensable para el siglo XVI, demasiado cocinada con planteamientos actuales; y por otro lado, no queda justificada su integración en la nueva y clandestina doctrina religiosa.

            Sí hubo mayor unanimidad en ponderar el tratamiento de las mujeres en la novela. Estos personajes no son estereotipos, sino específicos y ricos en matices. Al hilo de este criterio, muy cinematográfica la presencia de Minervina (el ama de cría) en los momentos finales de la obra.

            Y finalmente, si el argumento de la novela gira en torno al nacimiento, vida, pasión y muerte en el madero de… un hereje, su tema central no puede ser otro que la religión, en su deriva quizás más incomprensiva, contradictoria y repudiable, la persecución por determinadas creencias religiosas. El llamado “beneficio de la fe” y sus consecuencias doctrinales (cuestión considerada bien expuesta en la obra), la negación del purgatorio entre otras, son el objetivo del más cruel y cruento fanatismo religioso. ¿Cómo entender en la actualidad que se condene a la hoguera a una persona por no creer en el purgatorio? No obstante, para algunos asistentes el debate religioso como tal que promueve la novela adolece de solidez, pues priman las características de la persecución en sí, lo policíaco (que difumina lo doctrinal), el proceso inquisidor. Sobre este, no pasó desapercibido a los asistentes el carácter corrupto del tribunal, que, rendido a la belleza de Ana Enríquez, le impone una sentencia menor.

            Habría que incorporar como tema colateral la ya comentada falta de afectividad del protagonista, que encamina su espíritu hacia el bálsamo religioso de los conventículos.

            Y como tema de acompañamiento, la vida sexual en las relaciones de pareja, novedoso en Delibes, aunque no exento de su conocido sentido del humor.

Hasta aquí el resultado -debe y haber, sin saldo- de aquella pregunta inicial de la sesión, iniciática para la moderadora, que tan certeramente la propuso.


Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

martes, 31 de diciembre de 2013

Reseña de la sesión dedicada a CASTELLIO CONTRA CALVINO de Stefan Zweig

            Aun a riesgo de pretencioso, la reunión anduvo muy cercana a la propia de un consejo
de sabios que, curtidos en dialécticas mil, confluyen con el poso -poso- de los años en un remanso intelectual donde enjugar sus ideas. Y reconocerse y aceptarse como un puñado de pulmones alentando un mismo corazón. Sin arritmias, con cadencias de silencios y atención en el turno de palabra. El respeto que reclamaba el libro irradiaba cada intervención, y estimulaba la siguiente, y así hasta el final -que sobrepasó con creces el tiempo estipulado, tal era el nivel de afinidad (y de notas manuscritas, frases o reflexiones, que los asistentes trajeron a la reunión).

            Las primeras consideraciones rondaron por el género literario, un híbrido entre el ensayo y la novela histórica. Imprecisión seguramente estratégica del autor, porque sitúa los hechos narrados en una espiral de ideas para llevar al lector al humanismo que defiende. Argumentos sólidos con el arma de una altísima calidad expresiva, propia de este escritor de primer orden.

            Con tales presupuestos los tertulianos habían advertido enseguida que el autor enjuiciaba -y no lo escondía- desde una especie de juego de contrarios: Castellio-Calvino, Basilea-Ginebra, mosquito-elefante, tolerancia-dictadura… Ello hizo que la sesión basculara continuamente, también en espiral, del período histórico que trata el libro a los momentos actuales, y como eje, la época del autor.

            Las sucesivas intervenciones se identificaron con este libro, de ética, ideológico, que zarandea toda la moral europea con el principio humanista de la tolerancia y apuesta por la alegría intrínseca del hombre para su salvación. La denuncia intelectual y heroica de Castellio (mosquito) contra las actuaciones opresoras y represoras de Calvino (elefante), el pretexto histórico para un alegato contra toda dictadura. Análisis de aquel pasado que, al parecer, el autor, judío, escribió en clave de su época, pensaba en Hitler. No pudo venir más acá, claro; pero sí los asistentes a esta reunión, pensaban en otras dictaduras cercanas a ellos en el tiempo y en el espacio.

            Para los contertulios, la figura de Castellio se erige en símbolo de la dignidad, la fuerza de la conciencia, el valor de la tolerancia, la importancia de la opinión propia, la valentía para defender las propias ideas ante la presión de la organización estatal, del pensamiento grupal y de la demagogia reinante o galopante o rampante. Castellio contra Calvino. Otros intelectuales de entonces, aun disconformes con el ginebrino, no se implicaron. Menos uno de segundo orden, una suerte de protomártir, Miguel Servet, que persiste en sus ideas (cual Quijote según el autor) hasta la hoguera decretada por Calvino.

(Un aparte: no pasaron desapercibidas a los contertulios las intenciones del escritor al acometer la descripción física de los tres personajes, tan concordante con la personalidad de cada cual.)

            Así pues, el combate de la idea (Castellio) contra la fuerza (Calvino). Y el asesinato de Miguel Servet como detonante, que lleva a exclamar a Castellio: “la muerte de un hombre por una idea, es sólo la muerte de un hombre”. La tertulia no pudo menos que establecer paralelismos con el recorrido de ETA.
             
            Desde esta perspectiva se planteaba en la reunión una cuestión matizable: ¿el vencedor? En aquel momento, Calvino sin duda, pues consigue que su doctrina (el puritanismo más exacerbado) irradie todo el aparato del Estado. Otro tanto ocurrió con Hitler (salvedades aparte). Pero a la larga, ¿no parece que Castiello?: la paulatina consolidación de la separación Iglesia-Estado, la cercanía del protestantismo actual a los presupuestos de Castellio, la intolerancia de la mentira propia del puritanismo americano… La esperanza está en Castellio.

            Sin embargo, al calor del libro, también concitaba los ánimos otro asunto: el difícil binomio libertad-autoridad. Es lógico que los valores necesitan un marco y una jerarquía, pero desde el respeto. Escuchar supone respetar. Y seguramente seguimos sin saber escuchar al contrario, y menospreciamos o descalificamos al otro. ¿Dónde el equilibrio? Despejando los extremos. No confundir tolerancia con permisividad, por un lado. Y por otro, no sucumbir a la frase alienable que, en otro ámbito, tuvo que soportar una contertulia: “crucifica tu razón” (Calvino también cabalga en la actualidad a lomos de cierto movimiento de la Iglesia Católica).

            En el análisis de los asistentes, esa fórmula de resignación ante un problema que se antoja insoluble, o que así te lo hacen creer, cierta ingravidez de benevolencia, un clima nubloso de conformismo social, es caldo de cultivo donde surge una mente “lúcida” en la que el pueblo deposita su confianza y su libertad. Sociedad tutelada, infantilizada, irresponsable. Así surge la dictadura. Y su peor cara, el terror (Calvino, Hitler…), que rinde o redime, según cómo se afronte. Castellio optó por lo segundo: el martirio padecido consagraría su liderazgo intelectual.

            Contra una amenaza tan inicua como frecuente, la reunión se suma a la advertencia del escritor: ningún derecho se gana para siempre. El ser humano, en tanto voluble, acostumbra a cambiar según el rol que circunstancialmente desempeña (Calvino cambió radicalmente cuando accedió al poder). Por esto la libertad de pensamiento conseguida puede volverse atrás.

            La solución la aporta el libro en el final de la espiral: “Nostra res agitur”, el asunto, su resolución, es cosa nuestra. A este principio general se acogen los asistentes. Y sobre su base interpretan la intervención docente: practicar los valores, educar para pensar, luchar contra la pereza intelectual y la inercia acrítica que adormece a la sociedad actual. A lo que añaden una propuesta muy concreta: la lectura de este libro en el bachillerato. No cabía mayor nivel de comunión con el texto comentado.

            No es muy proclive este Club de Lectura a la unanimidad y a las adhesiones inquebrantables, pero en esta ocasión…


                                   Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Reseña de la sesión dedicada a EL SUEÑO DEL CELTA de M. Vargas Llosa


            Había expectación, la obra impacta. El silencio cálido que acogió la intervención inicial, todo un síntoma. Casi se palpaba que los asistentes habían acudido a la sesión intuyendo controversias. Buena parte de ellas a lo mejor habían menudeado entre sus conclusiones individuales, íntimas, previas.

            No se hizo esperar. El primer escollo, insoslayable, comparar esta novela (¿novela?, veremos) con otras del autor –se citó expresamente La ciudad y los perros y La fiesta del chivo-. En una aproximación inicial hubo coincidencia: aquí el autor recurría de nuevo a su conocida técnica de cambios espacio-temporales, si bien con un hilo narrativo más lineal en el último tramo. Pero esta obra, alguna anomalía la distanciaba de aquellas otras, tan ponderadas. Cuestión inconclusa, porque enseguida la ola crítica derivó hacia el personaje protagonista y los otros.

            La narración pivota sobre Roger Casement –personaje histórico y legendario, o las dos cosas-, evidente. Pero los relevantes, al parecer, en la peripecia existencial del protagonista semejan una constelación brumosa. Salvo algún personaje individual, más nítido, particularmente el sheriff de la prisión, ¿por sus melancolías y frustraciones?, ¿por conmiseración de la tertulia? Y sin embargo, habría enriquecido el relato la caracterización, por ejemplo, de los indígenas de Perú como personaje colectivo –brillante recurso en La fiesta del chivo-. De semejante figura, el narrador -¿o el autor?- no se preocupa, o no sabe, o no quiere. “No interesa”, respuesta lacónica aun resignada de un asistente, que no obtuvo réplica.

            En realidad, los tertulianos y sus adversativas polemizaban más con el escritor que entre ellos. Pauta crítica predominante a lo largo de la reunión.

            Y vuelta a la estructura narrativa. Sobre ella, aún quedaba una emoción por compartir, o una contrariedad. La citada técnica del flash-back respondía a las tendencias modernas de la expresión literaria. Sin embargo, se destacó su falta de agilidad supuestamente deseada La narración adolecía de pesadez, monotonía y una exacerbada reiteración –incluso se apuntó que sobrarían unas cien páginas-. Todo porque el narrador, no satisfecho con el bisturí del protagonista, recurre al suyo propio para hurgar y hurgar en las tripas del género humano hasta dejarlo exangüe y llegar a la hiel, la hiel de los lectores.

            Efectivamente, la denuncia que la obra acomete no podía menos que conmover las conciencias de los presentes. Por la crudeza en el realismo desplegado sobre el basamento de la documentación consultada, amplia y profusa. El hombre en la sima de su maldad: avaricia, codicia, corrupción política, crueldad en el colonialismo feroz de principios del XX en el entonces Congo Belga y Perú. Colonialismo bajo el manto purificador e hipócrita de civilización. La civilización no era el objetivo, sino el pretexto.

            En semejante asqueo se debatía la tertulia, cuando alguien dio un volantazo y situó el tema de la obra en el nacionalismo, encarnado en los presupuestos ¿ideológicos? del protagonista. Suscitó adhesiones. También discrepancias: el colonialismo -segundo en discordia- y sus miserias habrían arrojado, cual siniestra catapulta, a Casement en brazos del nacionalismo (y también de sus miserias), razón última de la propuesta temática.

            No quedó resuelto. En principio, el problema parecía radicar en el protagonista. Quizás su personalidad atormentada justificara el sentimiento nacionalista que acunaba. Quizás reunió en la misma cocción colonialismo y nacionalismo. Quizás. Un salto en el vacío que terminó en el debe del novelista, debió tirar de oficio para establecer la conexión: de mis colonialismos vengo a mi nacionalismo voy.

            Acaso tal falla fuera producto de un exceso de fidelidad de Vargas Llosa hacia sus diversas fuentes de información. De donde, ¿novela histórica, pues? Los asistentes distaban mucho de coincidir. Se argumentó a favor de esa denominación, pero también de crónica, o crónicas, incluso de ensayo. Con criterios matizados, desde luego, y siempre en la órbita de la narración literaria de alto nivel. Por ahí, un intento de aunar criterios alumbró el concepto de crónica novelada; pero concitó mayor unanimidad, por asentimiento, otra fórmula: novela de personaje.

            El protagonista, su personalidad compleja, los singulares avatares de su existencia, controvertido imán en el ánimo de los asistentes. Para buena parte de ellos, la obra -orientación intelectual y estilo narrativo- sucumbe al dictado de los demoledores informes del cónsul británico Casement, de sus diarios y de su pirueta nacionalista. Por efecto, sin duda, de la fascinación del autor, que traslada al narrador, y este aspira a lo propio con los lectores.

            Un terreno movedizo este del personaje. La sesión no debatía, se debatía en consideraciones, claro que de calado. Aportando opiniones, sugiriendo atenuantes, agravantes o eximentes.

            Así, relacionaba la homosexualidad confesa de Casement con una falta de afectividad –consecuencia y lamento-. Pero, al respecto, también vislumbraba justificaciones injustificables: ¿pederastia? El narrador, a pesar de omnisciente, plantea la veracidad de los diarios de la persona-personaje.

            Quedaba otra sombra más. La pública o legendaria. El sentimiento por su Irlanda de Roger Casement (él, tantos años al servicio de la Corona Británica). De melancolías iniciáticas a nacionalismo irredento. ¿Cómo interpretar? La narración no aporta muchas luces, o no sabe.

            Se barajó la posibilidad de que el progresivo deterioro físico y psíquico (emocional) del personaje abriera el camino de su fanatismo nacionalista. No es desdeñable. Sin embargo… (una tertulia con cuántas de adversativas)

            Sin embargo, demasiados indicios apuntarían a un personaje inmoral, o amoral: el sospechoso desequilibrio entre objetivos y medios. Con desenlace doblemente dramático: unos lo condenan por traidor, otros -los suyos- lo abandonan  a su suerte por traicionarlos con su fanatismo.          

            Al final, la sesión había respondido a las expectativas. El silencio cálido que fue acogiendo las últimas intervenciones, todo un síntoma.
  Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

jueves, 31 de octubre de 2013

Reseña de la sesión dedicada a LA DOS ANCIANAS de Velma Wallis

La sesión se desarrolló en un análisis sencillo, humilde y certero, cual si el  espíritu de la novela hubiera impregnado el alma de la reunión.

Sencillo. ¿Novela?, ¿cuento popular?

            Se utilizó el término “novelita” en la doble acepción afectiva y de dimensión textual. Aunque, para los tertulianos no cabía duda: la obra recurre al armazón de la novela, pero la historia y sus coordenadas narrativas se encuadran en lo que la literatura llama cuento de tradición popular.
           
El primer dato para tal consideración lo aporta el estilo. Sobrio, condensado, de prosa rudimentaria –sin colorido ni emociones expresivas-. Y aunque la autora confiese en los preámbulos carencias en su formación de escritora, el lector avisado justifica enseguida, no es defecto, sino propio del género popular, prima lo esencial.
           
Al respecto, una duda quedó sobre la expresión narrativa: ¿venía motivada por el género o por el paisaje descrito -frío, árido, de soledad-?, ¿o por interacción de ambos?

            Y enseguida surgió la cuestión más relevante: si de todo texto literario que se precie y aprecie como tal cabe adivinar al menos alguna esquina moralizante o consecuencia ética, alguna moraleja, en el cuento popular se convierte en carga de la prueba.

Pues bien, en Las dos ancianas el devenir narrativo responde nítidamente a esa función educadora, que eleva una actitud individual o grupal a universal (entendiendo universal en su sentido más extensivo de espacio y tiempo, claro).

Humilde. La moraleja reverberaba en el corazón mismo de este Club, y por extensión, de la Tribu donde radica. Los efectos de la conjunción sabiduría-supervivencia que alienta a las dos protagonistas, de 75 y 80 años, había cautivado el ánimo de los asistentes. Un cuento popular, traído de lejanas y gélidas tierras, se hacía eco del aroma y afanes de este puñado de ¿sesentañeros, setentañeros?

(Quizás no resulte muy ortodoxo, pero este reseñista no se resiste al apunte: Consultado el Diccionario de la RAE, sólo figuran en él los términos “quinceañero”, “veinteañero” y “treintañero”. Hasta ahí llega. ¿Por qué edad andan estos chicos de la Academia?)

La satisfacción por el acierto del mensaje de la obra sólo aleteaba en el ambiente. Verdaderamente, no hubo intervención de identificación explícita, ni de recepción de argumentos para exaltación de lo propio. Los comentarios iban y venían sin detenerse en aplicaciones personales o grupales. También la sabiduría tiene conexión directa con la humildad.

Así pues, se puso el acento en lo que importaba, las consecuencias extraídas de la lectura: la realización personal sin límites de objetivos ni por edad, así como preservar la propia integración social. Actitud que los asistentes interpretaron como resultado de una advertencia previa: si cedes a la comodidad y esperas a que los demás se ocupen de ti, la respuesta puede ser de marginación e incluso abandono, sobre todo a esas edades.

Certero. Para los tertulianos la clave de la obra se encontraba en la integración social. Por supuesto reconocían que la lucha por la supervivencia encierra un valor en sí misma; pero aquí se convierte en revulsivo que transforma la inactividad-comodidad-abandono de las ancianas en re-integración social de estas. Varias intervenciones incidieron en esta cuestión capital: mantener la actividad es determinante para preservar la integración en el medio social, y no sólo en el familiar -¡ojo!-. Alguien recurrió a una expresión muy gráfica para precisar la fórmula: “En tanto das, no te marginan”.

Ahora bien, cuando las consideraciones pasaban de lo conceptual a la realidad inmediata, el sentido crítico reparaba en ciertas contradicciones: la sociedad actual aparca a los ancianos, ¿realmente por esa comodidad comentada anteriormente?, ¿o acaso los valores de dinamismo ahora los encarna la juventud en exclusiva, y de ahí que la ancianidad se convierta en carga inútil? Una observación devolvía el asunto al marco temático: también buena parte de la juventud presenta resistencia al cambio, querencia a la temible comodidad, con el consiguiente peligro de marginación.

Por lo demás, aunque también otros personajes fueron objeto de análisis, pronto se volvía a la peripecia vital de las dos ancianas, ¿por algún impulso inconfeso de identificarse con ellas, o en ellas?

La sesión finalizó con un sinsabor sencillo: la creciente pérdida de la literatura de transmisión oral y su consiguiente deterioro como portadora de valores morales. Con una reflexión humilde: a pesar del bagaje del que creemos disponer, cuánto desconocemos aún de otros ámbitos de la humanidad. Y con un reconocimiento certero: el cuento popular como catalizador de la necesidad que tiene el hombre de contar historias en todo tiempo y lugar, las cuales no son más, ni menos, que distintas manifestaciones culturales de una misma condición humana.

Nunca una “novelita” había dado para tanto.


                        Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

sábado, 28 de septiembre de 2013

CURSO 2013 - 14
El próximo día 1 de octubre, a las 19.00 horas, tendrá lugar en el Solárium del Centro Cívico Norte la primera reunión del Club de Lectura “Rafael Balsera del Pino”. En esta primera reunión, se presentará a los nuevos miembros del club y se dará a conocer el programa de lecturas de esta temporada. Las dos primeras lecturas serán Las dos ancianas y El sueño del celta, que podrán retirarse de la biblioteca del Centro Cívico Norte a partir del día 8 de octubre. He aquí el programa completo para el curso 2013-2014

lunes, 9 de septiembre de 2013

Queridos amigos y amigas del club de lectura:

    Tras el caluroso periodo veraniego, que espero haya sido muy feliz para todos, me pongo en contacto con vosotros para informaros de las novedades relacionadas con nuestro Club de Lectura. Según me comunican los responsables de la Biblioteca Central, los clubes de lectura no pueden comenzar antes del mes de octubre. En consecuencia, la reunión que teníamos programada para el día 10 de septiembre tenemos que atrasarla al día 1 de octubre. Este cambio de calendario ha afectado también a la programación que teníamos prevista y que me he visto obligado a modificar. 

    En archivos adjuntos os envío la nueva programación del presente año y el listado de los miembros del club con los lectores en formato papel (no pueden ser más de 15) y los lectores en formato electrónico. 

    El día 1 de octubre, día de nuestra primera reunión informativa, se podrán retirar de la Biblioteca del Centro Cívico los dos primeros libros: Las dos ancianas (muy breve) y El sueño del celta (más extenso). 

    Así pues, nos vemos el día 1 de octubre en el Centro Cívico. Más adelante os informaré del lugar y hora exacta.
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archivo adjunto:
PROGRAMA DEL CLUB DE LECTURA
“RAFAEL BALSERA DEL PINO”
DE LA ASOCIACIÓN CULTURAL
“LA TRIBU EDUCA”

CURSO 2013-2014


1. Las dos ancianas, Velma Wallis (144 págs.)                  1 oct. 2013 / 22 oct 2013
2. El sueño del celta de M. Vargas Llosa (464 págs.)         1 oct 2013 / 5 nov 2013
3. Castellio contra Calvino, Stefan Zweig (256 págs.)       5 nov 2013 / 10 dic. 2013
4. El hereje de Miguel Delibes (504 págs.)             10 dic. 2013 / 14 enero 2014
5. El amante bilingüe de Juan Marsé (224 págs.)             14 enero 2014 /  11 feb.2014
6. La llave de cristal de Dashiell Hammett (256 págs.)      11 febrero 2014 / 11 marzo 2014
7. Ensayo sobre la ceguera, José Saramago (424 págs)    11 marzo 2014 / 22 abril 2014
8. Némesis de Philip Roth (224 págs.)                                22 abril 2014 / 20 mayo 2014
9.  Relatos de un neurótico, Ricardo Santofimia (187 p.) 20 mayo 2014 / 17 junio 2014


Observaciones:

-          El día 1 de octubre a las 18.00 horas, tendremos una primera reunión informativa. Como el primero de los libros propuesto (Las dos ancianas) es muy breve y el segundo (El sueño del celt)  requiere más tiempo para su lectura, este día estarán disponibles y podrán retirarse de la Biblioteca del Centro Cívico los dos primeros títulos de la lista.

-          Las fechas que aparecen en primer lugar indican el día en que cada libro estará disponible en la Biblioteca del Centro Cívico Norte.

-          Las fechas señaladas en segundo lugar se refieren al día de la reunión para comentar el libro. Como el año pasado, estas reuniones se celebrarán en el Centro Cívico Norte. A través de correo electrónico, se informará de la hora y lugar exactos.


José Ant. Ruiz Delgado

lunes, 24 de junio de 2013

Reseña de la sesión dedicada a OJOS DE AGUA de Domingo Villar

Tratándose de comentar una novela policiaca, aun a riesgo de caer en el tópico recurrente, la sesión discurrió en formato puzle, como si se mimetizara con la investigación de un crimen.

Las primeras intervenciones ya sonaban a una forma de justificación cercana a la indulgencia: autor joven, de algún modo representante de la nueva novela negra, muy leído y, sobre todo, traducido. El mérito trascendente.

Se añadió que los personajes quedaban en general bien definidos, reconocibles, y además algo así como pertinentes en este género narrativo.

Para llegar al botón de la muestra: la pareja de policías protagonista (uno más que otro, claro; según el canon de contrarios, distintos, enfrentados o complementarios al que la tradición literaria es tan proclive, amén de eficaz). Gallego versus aragonés. Personalidades contrapuestas por elevación genérica, se interpreta que para marcar distancias entre el carácter pausado y analítico del policía “jefe” (gallego) y el extremadamente impulsivo y hasta agresivo del ayudante-chófer (aragonés). Si el autor hubiera nacido en Teruel, por ejemplo, y no en Vigo…

No obstante, resultó que se trataba de una aproximación inicial. Pronto se incorporaron comentarios que apuntaban a la consideración de novela entretenida, sí, de fácil lectura, sí, con dotes de ingenio, sí, pero floja en cuanto a la estructura de la trama. Y aquí una primera derrama de argumentos:

· La base de la investigación se centra en la intuición del policía protagonista, hasta el punto de que los lectores -al menos los de este Club- no resuelven la autoría del crimen mediante el desarrollo de los acontecimientos (como ocurre en la mejor y más consagrada literatura del género), sino a través de las elucubraciones del policía.

· Se adivina pronto quién no es el asesino, a pesar de las pistas  vertidas en el hilo narrativo. ¿Pasión?, ¿venganza?...

Domingo Villar
· Conceptualmente hablando, no se aportan datos suficientes, además de sólidos, para motivar la decisión y consumación del asesinato. No, a tenor de los parámetros psicológicos-sociológicos descritos. La fórmula empleada para fundamentar el desenlace final se antoja una pirueta, un encaje apresurado del puzle, un exceso narrativo.

El fallo de la trama llegó a rubricarse cuando algún contertulio aseguró que salvo las últimas cuarenta páginas el resto se le hicieron tediosas.

A partir de aquí la tertulia pareció titubear, ¿no habría ido demasiado lejos en sus reparos? Y tanteó un cierto reequilibrio.

Nada mejor que volver al análisis de personajes. Primero, para ponderar el uso de la antítesis en el diseño de sus personalidades. Aparte de la ya aludida contraposición en la pareja de policías, los asistentes advirtieron otra quizás más sutil, menos evidente, más genérica, mujeres frente a hombres. Hay que precisar: los personajes femeninos coinciden en un perfil de carácter fuerte, valiente, tenaz (con independencia de la consideración moral que cada cual merezca), frente a la personalidad medrosa de los hombres -salvemos a los policías, claro-, cuyo ejemplo más patente y patético lo muestra el tal Freire muerto de miedo en el barco.

Especial atención mereció el inspector Leo Caldas (en alguna medida, trasunto del autor, según se comentó). Con un atractivo inicial, la fama por su protagonismo en un programa de radio dedicado a recibir denuncias de actos delictivos. Casuística cuando menos sorprendente en la novelística del género. Y acierto-hallazgo del autor en opinión generalizada de los asistentes, en tanto en cuanto proyecta desde tan, digamos, pintoresca actividad el liderazgo social y ético del personaje.

(Por cierto, aviso para el autor, detalle de error: los estudios de radio en ningún caso tienen comunicación directa con el exterior del edificio. Así que nada de ventanales a través de los cuales se contemplen escenas de niños jugando, etc.)

Lo novedoso no es el liderazgo como estereotipo de estos policías de novela, negra, sino el medio. Estereotipo que completa la figura del inspector con otro también propio de esta narrativa: profesionalidad veinticuatro-horas-al-día-trecientos-sesenta-y-cinco-días-al-año, incompatible con pareja estable (si acaso, evocaciones –una mujer llamada Alba- inexplicadas, gratuitas).

En lo tocante a personajes, también el inefable Estévez, ayudante de Caldas, pasó por el tamiz crítico de los tertulianos. En verdad, no demasiado. Sus arrebatos de homofobia apenas merecieron algún comentario de pasada. Seguramente porque las opiniones se concentraron en comparar con otras novelas del género: al contrario que en ellas, este adjunto apenas aporta intervenciones determinantes para el esclarecimiento del asesinato. Además, tampoco se entiende muy bien su relación con Caldas, o mejor, de Caldas con él, esa especie de protección que el inspector ejerce sobre el ayudante. ¿Quizás por el respeto que merece en la profesión la persona de Caldas? ¿Se desprende del carácter del inspector una autosuficiencia latente?

Y la reunión tocaba a su fin sin conclusiones rotundas. Los comentarios, un tanto exhaustos, volvían a la denuncia de temas o aspectos romos o carentes de justificación en la trama. Una trama exangüe. Sin bien, ornada con descripciones de encanto, del paisaje, gastronomía e idiosincrasia gallegos, y con la originalidad del recurso al diccionario en el comienzo de cada capítulo de la novela. Las últimas piezas del puzle.

Al final de la sesión, lógico, todo encaja, pero como en la novela, con premura y sin primor.


                                                           Ricardo Santofimia Muñoz.