martes, 19 de abril de 2016

Reseña de la sesión dedicada a EL AÑO DEL DILUVIO de Eduardo Mendoza



            La sesión brilló por el debate mismo, porque no hay -al menos no ha habido hasta ahora- obra en ojos de este Club que no haya sido explorada, hendida, desentrañada y enjuiciada, con todas las consecuencias, con toda la responsabilidad, con todo el ánimo crítico. Por lo demás, se peregrinó por entre los perímetros y rutas de la decepción, aunque con paliativos razonables.
     La novela no tardó en recibir desdenes o descalificaciones sin más: espantosa, simple, bodrio (sic)…, parece encargo de veinticuatro horas, argumento ramplón prescindible, la historia no hay por donde cogerla (sic también). Incluso alguien declaró abiertamente no haberle gustado nada. Como razones de base, en general, escasez de acción narrativa y de carga irónica (impropio del Mendoza leído hasta ahora), fabulaciones con exceso de suposiciones, o situaciones forzadas hasta límite del ridículo sin pretenderlo, como por ejemplo la relación de la monja con el bandolero. Temperatura que, sin embargo, no reprimió una intervención en contrario, le había encantado. Una raya en el agua, respetable y respetada, por supuesto.
            El problema principal radicaba en el autor. Escocía: no estaríamos debatiendo sobre la novela si el autor no fuera Eduardo Mendoza. Tanto se esperaba de él. Apenas hubo resistencia a juzgarla intento fallido del autor.
No obstante, algunos asistentes se esforzaban en salvarle los  muebles, su mejor mueble, la expresión. En principio, nadie objetó: novela muy bien escrita y, en consecuencia, de lectura ágil. En principio, porque también en esto se llevó algún que otro correctivo. Se rebajó a lectura facilona (sic otra vez) en los primeros tramos pero inidentificable con Mendoza en los siguientes. Se aprobó su lectura rápida, pero se disentía con la caracterización de los personajes por superficial. Aunque, en contrario, se aseveraba que si el autor hubiera pretendido profundizar en ellos, habría escrito una novela extensa.
Al parecer el propio Mendoza ya lo había justificado: la había proyectado tal cual obra de teatro en tres actos. Y la tertulia admite: como guión para obra de teatro, vale. Y además reconoce un curioso nudo a la trama: las debilidades de la monja, que aglutina tres partes-tres personajes, el señorito, el bandolero y el médico.
Metáfora de las profesiones y de los nombres (Consuelo, Augusto,...). En estos aspectos la reunión remansaba. La alegoría del diluvio meteorológico y psicológico sobre la monja se interpretaba reflejo del romanticismo (el clima y tal), trasposición del mito de Don Juan. Se aportaban concesiones. Bien reflejado el ambiente de los años cincuenta en Cataluña, el hábitat y sistema del vida del cacique, la desubicación natural o presumible de algunas personas (seminaristas, monjas). Acierto en denunciar un engaño social: simular que el rico da el dinero, pero es el bandolero quien lo hace. Reconocer la entrega religiosa a la vez que comprender la condición humana. Y asimismo identificarse con la humanidad del médico. Pero un punto de fricción también: atmósfera de erotismo, ¿pretendida, fallida o entrevías?
Todo a cuento de la monja, omnipresente en la novela y directamente o por alusiones a lo largo de la reunión. Por su atractivo de mujer fuerte pero que arrostra una debilidad, esa puntual relación sexual con el cacique (o señorito, según preferencias terminológicas) que el escritor abandona a la imaginación del lector -digo bien, abandona-. Recuerdo que pervivirá en sor Consuelo. La tertulia comprensiva: cómo no preservar el único momento amoroso de toda una vida. Si bien, no se entendía ese amor a primera vista y la capitulación inmediata en una monja, sin de por medio un mínimo proceso de lucha interior. Responsable, Mendoza, el creador del personaje.
En estas, alguien anunció disponer de un enfoque totalmente distinto a los que se venían manejando. La monja personifica el contraste o la conjunción amor divino-amor humano, cual una Santa Teresa moderna. Además, cree en Dios, pero por qué no enamorarse de un hombre (nadie objetó tal congruencia). Y el esperpento como justificación, frecuente recurso del autor en sus obras.
Mayor controversia crearía otra intervención: por encima del enamoramiento, la monja no altera su proyección de vida. Loable sin duda, a juicio de los contertulios. Pero se cuestiona su permanencia como monja por convicción, ¿no sería bajo presión de las circunstancias? Nuevo defecto, pues, la falta de introspección en los personajes.
Contra lo cual, se aduce que el mérito de Mendoza quizás radique precisamente en que se limita a describir comportamientos, no explica a los personajes. Aunque, de tal forma que adolecen de encaje (un negativo más). De donde, abordados en conjunto, engrosarían la historia de una derrota colectiva pero paradójicamente con identidades individuales. Soledad, miseria, enfermedad, perplejidad ante los cambios… (al respecto, la tertulia no se sustrajo al detalle irónico: la sustitución de la imagen de la Dolorosa por un retrato de Jordi Pujol en el vestíbulo del asilo).
En este rastreo de valores temáticos, se habló del pecado, de la dosis de hipocresía que implicaría su liberación por un rito -desde el más estricto respeto-. Y abundando en el planteamiento, la relación pecado-culpa. La monja, ¿cómo lo resuelve? Intentando conciliar tan endiablado dúo, y como muestra, la famosa carta que escribe a su superiora provincial. Aunque también se piensa que le preocupa más la culpa, que resuelve, lava, con su denodada actividad religiosa. Porque el pecado…, esa extemporánea (y atractiva para los asistentes) petición de ayuda al médico para volver a su escenario…
Las reticencias, sin embargo, tampoco cejarían en este aspecto: el tema es mucho más serio de como lo trata el libro. Pero se argüiría como justificación que la novela se centra en el mito de Don Juan; y además, dentro hay otra novela, otro mensaje: las contingencias del azar, que trastocan la vida, a veces nos ocurren cosas inesperadas, insospechadas, como el diluvio a la monja. O incluso como los corolarios de la lectura de esta novela. Pero no la mejor actitud crítica para el debate en este grupo.
Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

jueves, 31 de marzo de 2016

Reseña de la sesión dedicada a ANATOMÍA DE UN INSTANTE de Javier Cercas

          Es tres el número mágico de la sesión. Tres cuerdas vibrando al pulso de la emoción, la evocación y la contención -tres sustantivos machacones, rotundos, nobles-. Se repartieron un fascinante y espontáneo juego de tonos sin interferencias ni perjuicios, la partitura venía consolidada de años atrás, exactamente treinta y cinco. Tan exactamente que la reunión se celebraba por los mismos minutos de la tarde en que resonó por entonces en el Congreso aquella voz de caverna y aguardiente. El comentario no se resistió: ¿casualidades?, ¿morbo programador de lecturas?, ¿o acierto?
            El moderador, previsor él, inició la reunión con recuerdo preventivo: el respeto en el uso de la palabra y el no abuso en los turnos de intervención. De modo que mesura, por favor. Nota de afinación y comenzamos.
            Enseguida una cuestión de esas que se introducen como inevitables, cual descarte, pero cuya formulación desprendía cierto cariz sibilino: similitudes y contrastes entre la política actual y la de entonces. Un balbuceo, un trastabilleo de intenciones, algún comentario propenso pero indeciso. La respuesta quedó en el éter de la reunión. Contención -seguro que tiene su explicación.
            Bien es verdad que fascinaba y aunaba sobremanera el hecho histórico, tanto que costaba diferenciarlo de las vivencias personales. Para estos contertulios, visualizar en el texto un tiempo que viviste, en el que compartiste protagonismo con los mitos de la transición, tu peripecia vital de aquel instante… (qué hacías tú aquella tarde de hace treinta y cinco años, dónde estabas, con quién). Evocación. Suspiro de complacencia por pertenecer a este Club de Lectura -ha ocurrido en ocasiones anteriores-: propone libros que a lo peor no te habrían llegado, y cuyo análisis no habrías podido compartir.
            Pero en cuanto al género como tal, un ligero chequeo. Se tomó nota de la renuncia expresa del autor a integrar el acontecimiento en una novela. Al respecto, sí se antojó llamativo que el libro comenzara por el “Epílogo de una novela”, y que adoptara estructura circular. Asimismo, se situó la obra en el híbrido crónica-ensayo. A partir de estas premisas, mayor aprecio mereció el estilo, en lo descriptivo y en lo narrativo, directo, amable, cercano. Narrativa maravillosa, en el decir de algún asistente.
            Con semejante aval, compareció en la tertulia la caja de resonancia de sus vibraciones, lo que el autor denomina “la placenta del golpe”. Expresión tan ponderada como ajustada al ambiente sociopolítico de la época. Evocación de nuevo. Y unanimidad en que el autor efectúa una autopsia del golpe mediante su inmersión en los protagonistas.
            Javier Cercas, escritor de reconocido prestigio (se citan su novela Soldados de Salamina y sus trabajos de columnista), con esta obra pulsa también la cuerda de la emoción. Adoro a Cercas, se llega a proclamar. No era para menos en el sentir general: conjugar objetividad en la descripción de hechos con desvelar sus vivencias, sus sentimientos sobre los mismos, y hozar los de los propios lectores, lo dota de categoría humana por encima de su haber literario.
            Así, no escapa a la reunión su leitmotiv -como otro personaje más aparecerá y desaparecerá en la obra y durante la sesión-: poner orden en la relación con su padre. Éste, en las discusiones con el hijo justificaba las actuaciones de Suárez “porque era como nosotros”. Al cierre del libro, las reflexiones que el hijo ha ido desgranando lo llevarán a entender a Suárez y por ende a su padre. Para los contertulios, el sentido último: el hijo que llega a comprender al padre.
            He aquí el esfuerzo, encomiable en el ánimo de los asistentes, para acometer la Anatomía de un instante y atreverse con los personajes que lo protagonizaron. Humanos, claro, y como tales, con sus egoísmos, intereses propios, más alguna que otra salvedad.
            Tres eran tres -el número mágico de la sesión-, en grupo y por parejas de antagonismo. Los tertulianos se sumaban al juego y argumentación del autor: Armada, Milans y Tejero versus Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo. Y además emparejados en el versus (por el orden indicado). Un ejercicio de contrarios cuyo germen sitúa Cercas en las biografías, condicionantes de la trayectoria de cada cual, ¿pero hasta el punto de traicionarla?
Emoción y evocación vibraban al unísono cuantas veces las intervenciones acudían a los héroes. Pues sí, Suárez fue traidor al Régimen, Gutiérrez Mellado a la ideología de los militares de entonces, Carrillo al leninismo. En definitiva, traidores cada uno a su trayectoria. La paradoja no se hizo esperar: héroes de la traición. En donde el término `traidor´ (literario aquí, evidente) debe interpretarse en relación con la ética política. Bullía el ritmo y se añadió otra acepción: héroes de la retirada; en cuanto que si héroe de la retirada, también lo eres de la traición.
Complejidad en el ánimo de los presentes y en la perspectiva de los hechos, en el pulso de aquellos tres contra la asonada. Porque tenían miedo fueron valientes, más allá de la razón de cada uno para no tirarse al suelo frente al estruendo de las balas. Les importaba el país, también sus intereses personales; pero… no tirarse al suelo… podía significarles la muerte. La tertulia se solidariza en un único acorde: valientes en toda la extensión del término.
Suárez el primero. Por eso no terminaban de convencer las obstinadas desinencias del autor (mindundi, chisgarabís…). Aunque se comprendían fruto de la observación: Cercas habla desde fuera, dice lo que dicen los demás. Pero también cupo la sospecha sobre tanta persistencia en la descalificación personal y política de Suárez, acaso pretendiera a la postre el efecto contrario.
Por ahí llegaría a la tertulia la clave intelectual del libro: Suárez, los condicionantes de sus orígenes, superarlos con su actitud ante el golpe, legitimarse, legitimar sus convicciones democráticas. Ese afán por la legitimidad (que no es sino el reconocimiento de los demás) dota al libro de enorme dimensión moral. Y revela un contrapunto: la moral bíblica, de los dioses, frente a la moral de los hombres (éstos se enmarañan en dilemas, los dioses no). En este pasaje se aludió a la denominada ética de la responsabilidad (Max Weber): tolerancia, ceder. Y particularmente a los paralelismos que establece el autor con la película de Rossellini: lo positivo de los cambios, cuidado con el manido y peligroso `yo siempre pienso lo mismo´. Evolución es la palabra. El autor somete la evolución personal de sus opiniones al criterio de los lectores, y los emplaza a la misma actitud. ¿Qué respuesta va a recibir de este grupo con experiencias mil en sus alforjas?
Así pues, el rasgueo de tres cuerdas al son de tres sustantivos: contención en contraponer aquel entonces y el ahora (¿evitar controversias?), intensa evocación de un tiempo vivido y emoción en su análisis.
Y un colofón inédito de la sesión: el aplauso final de los tertulianos, como una liberación de adrenalina, como de redención, como de reencuentro, como de haber alcanzando treinta y cinco años después y con la lectura de este libro la legitimidad, como Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo -o esa era mi impresión-. O como un entendimiento postrero, póstumo para algunos, con nuestros padres.

Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

martes, 16 de febrero de 2016

Reseña de la sesión dedicada a EL CHINO de Henning Mankell



Una cinta roja y dos bloques temáticos bien diferenciados y no necesariamente complementarios. Tampoco compactos, cerrados. Y sin prelación, no se habló primero de todo uno y luego de todo otro, las sucesivas intervenciones alternaron hacia cada cual a lo largo de la reunión. Incluso en una misma intervención se establecían distingos, esto para China y esto para la novela. Ecce la sesión.

La novela -pongamos, Bloque Temático 1-, su autor y los principales ejes de la ficción narrativa concitaron pocos beneplácitos, o ninguno.

No, no había gustado la novela, dejaba mucho que desear. Dispersa, densa, incoherente, opaca, mal construida, calificaciones sin asomo de controversia. La presumes interesante por su mera propuesta para lectura, lees, avanzas, adviertes pronto incongruencias, pero continúas confiando en descifrar una explicación. Y la encuentras, sólo que decepcionante: la obra empieza policiaca, o negra, crees que va de eso, pero luego resulta que no.

En el sentir generalizado, la narración parte de negra, sí, pero para ir diluyéndose en gamas de análisis históricos y sociológicos, hasta centrarse con tono vivo en llamada de atención a Occidente: las actuales condiciones de vida del pueblo chino.

Alegato-denuncia al que quizás sólo aporte banalidad el tránsito ideológico juventud-madurez de dos mujeres, la juez Birgitta Roslin y su amiga Karin Wiman. El reproche no es exclusivo para estos dos personajes. Se percibe a todos desdibujados, turbios, sin perfil definitivo, como a la espera de relevancia en el devenir narrativo. No llegará. Para los tertulianos, era otro el objetivo de la obra.

Ni la trama. Por mucha intriga que, en principio, azuzara el móvil del crimen, de difícil digestión para los asistentes, porque lo intuido sólo permitía a la postre sinergias con pinzas. Tampoco por mucho flashback 1860-2006 sembrado a lo largo del desarrollo narrativo, tan contumaz como injustificado e inexplicado en demasiados pasajes. Así por ejemplo, el relato que focaliza las miserias en la construcción del ferrocarril en Estados Unidos, intercalado, de sumo interés por sí mismo para la tertulia, ¿pero su relación con la trama? Y por si faltaba poco, la esotérica y periódica comparecencia de una cinta roja.

Mimbres de poco recorrido. Se relegaba la concatenación de acontecimientos en beneficio de la descripción. O dicho de otro modo, bajo el pretexto de la trama, se suceden descripciones de alto valor estético y ético. Diferentes intervenciones destacan la crueldad, muy gráfica, particularmente la empleada con los niños en la construcción del ferrocarril, el sufrimiento de los hermanos, a la par que la paciencia y heroicidad de San. También, las condiciones infrahumanas del trabajo en el campo. Y asimismo, la personalidad de Birgitta, su propensión al autoanálisis, su afán de indagar, el cuestionamiento de sus relaciones matrimoniales.

Bien, por fin un apunte netamente positivo. Pero, ¿qué hay del tema? Pues la pregunta habría que hacerla en plural. Se barajaron varios. Con cierta prevención se sugirió la venganza o el ajuste de cuentas, como deducción más consecuente aunque sin afán categórico. Pronto se formularon algunos más: la contraposición de tres culturas, la norteamericana, la nórdica de Birgitta y su amiga y la china; la específica presencia de los chinos en Norteamérica (de la que se sabía poco, siempre se ha resaltado más la de los africanos); y el poder con sus usos y coyundas. El poder, objeto de fascinación recurrente y literario, a los pies de estos lectores. Cómo no percibir sus peores instrumentos, la venganza, el sigilo, la represión, o los intereses económico-políticos (por ese orden en el compuesto), y con éstos el juego de las supervivencias y hasta la interrelación entre países. Bucle en el que no se detiene la novela, ni la tertulia: en el ámbito internacional repele escandalizarse con unos comportamientos y no con otros de calado similar; por contra, importa un único discurso ético.

La denuncia rezuma, pues, por toda la obra. Consecuencia evidente de los propósitos del escritor. Lo motivan sus vivencias en Mozambique: observa el neocolonialismo que los chinos emplean allí y lo trasplanta a la ficción. Conocía la tertulia el compromiso de Henning Mankell (fallecido recientemente) con este país. También su prestigio como gran escritor de novela negra. Y con este marchamo habían recibido El Chino los lectores de este Club. Pero, llegados a la reunión, coinciden: el autor se olvida pronto de la novela y su género. Visto el cuidado que presta a la trama novelesca, se deduce otra intención. Y por tanto, para escribir sobre China, a qué atarearse en esta fórmula literaria.

China en primer plano -Bloque Temático 2-, alfa y omega del texto. Hostigar las conciencias como objetivo.

Unas veces los asistentes contaban con la acción narrativa para sus comentarios. Así, el viaje de las dos amigas a China, panorama desalentador: contraste del mito de juventud rebelde y occidental con la realidad que palpan, el mito de Mao, ¿esquinado?, frente a penurias y esclavitudes. O el referido neocolonialismo en África: interesan sus tierras, hacia donde canalizar la supervivencia para miles y miles de campesinos chinos. No importan los regímenes existentes allí, las autoridades chinas respetan las dictaduras.

Pero otras veces las intervenciones sobrepasaban batientes. En conexión con lo anterior, recordaban la actual explotación de materias primas en África por parte de China. O asistentes informados daban cuenta de la existencia de dos Chinas: la del este, clase emergente que imita a Occidente en vida y riqueza, y la del oeste, miles de millones que viven en la miseria y que ven cómo viven los del este. O se auguraban graves conflictos cuando las clases medias de aquel país comiencen a reclamar derechos. O se sacaba a la palestra los abusos de nuestros propios empresarios en las condiciones laborales de los chinos. O se concluía en los imponderables de la globalización: nada sin este país inmenso.

Seguramente, si el autor de esta novela hubiera presenciado el debate de la sesión, habría satisfecho al menos sus aspiraciones críticas. Pero a lo mejor tampoco habría sabido justificar qué pintaba la enigmática cinta roja en toda la historia.

Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

sábado, 2 de enero de 2016

Reseña de la sesión dedicada a EL DIOS DE LA PEQUEÑAS COSAS de Arundhati Roy


         Los efectos beneficiosos de un Club de Lectura. Sesión de paradigmas: actitud convergente, disposición personal, instrumento percutor y onda expansiva.
            Quizás la intuición del moderador llegaría alertada, comenzó por una concesión capital: un libro denso, difícil. No, no se trataba de la clásica estrategia “do ut des” -al menos, no lo pareció-, sino de compartir una sensación. Convergencia de asentimiento en los rostros de los asistentes.
Pero enseguida se entró en materia: superados los primeros escollos de la lectura, las primeras reticencias o tentaciones de abandono, el esfuerzo había merecido la pena (incluso hubo algún fervor “enamorado” de la obra). La recompensa se habría ido fraguando a medida que avanzaba la lectura y culminaría en su final: una hermosa historia, como un conclusivo y relajado suspiro de complacencia.
            Por ahí llegarían parabienes, un acierto someter esta novela al criterio del grupo. A juicio de los asistentes, muy apropiada para Club de Lectura. El compromiso de confrontar análisis en la correspondiente reunión coadyuvaba a vencer la dificultad aludida –quizás un lector autónomo sea más proclive a relegar el libro si de principio alabea su atractivo.
Con todo, la disposición personal adoleció de coincidencia en este caso. En el pliego de alegaciones, falta de tiempo para traer leído el libro a la cita, atasco infranqueable en algún pasaje o postura preventiva ante el título mismo.
Y sin embargo, el título en sí levantó adhesiones, si bien como apunte, porque primaba descodificar sus vínculos con el relato. Particularmente, `las pequeñas cosas´. Se aportaron posibilidades, en ningún caso excluyentes: los sueños de algunos personajes, los pequeños detalles con los que convivimos, la sensibilidad erótica del encuentro amoroso, la  mariposa cuyo aleteo furtivo o exultante o cabizbajo o trémulo encarna el ánimo de Rahel. O acaso vinieran marcadas, remarcadas, por las expresiones con iniciales mayúsculas que proliferan a lo largo del texto.
            Arreciaba el simbolismo. De la mano de un lenguaje exacerbadamente polisémico. Tan a cada paso que despertaría cautelas sin fin en algún que otro asistente, ¿qué quiere decir con esto?, ¿y con esto?, ¿y con esto? Un exceso, sin duda, manifestado sólo con intención gráfica, pero sintomático.
            El tema, los temas acechaban a la vuelta de cada página. De entre ellos, los sustentados en las frecuentes aunque veladas referencias a El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad (novela de particular resonancia en el tamiz de esta tertulia): los efectos perversos de la colonización, el horror que regurgita ante el maltrato de la policía o el aniquilamiento sicológico de un niño.
            Había más, temas universales como la ternura, la posición de la mujer, el intimismo, un inusual cálido flujo de interacción entre hermanos y -cómo no- el amor. El amor “de principio y de fin”, en denominación que prosperó en la tertulia, y que, sin pudores ni complejos, se asoció a mitos literarios del calibre de Romeo y Julieta o Calisto y Melibea.
Y la tensión como clave del argumento. El desarrollo de la acción dramática, un todo en conflicto, en el límite de la tragedia, y de la zozobra de algunos contertulios en determinados episodios. Pero sin menguar la espita: las controvertidas relaciones familiares, los crónicos condicionamientos sociales, los arraigados cánones de la fábrica. La sociedad india de la época, y en contraste descorazonador, a modo de arcadia feliz, lo inglés.
Por ahí pululan o malviven o sobreviven o rebeldean o desfallecen personajes de muy distinto calibre -valga la reiteración- (de nombres muy ajenos a nuestra cultura y a nuestra fonética, dicho sea de paso; con necesidad para alguien de anotaciones que recordaran la autoría de las intervenciones). Mosaico dentro de un marco revelador: el mundo de los niños versus el de los adultos, cada cual con sus propios conflictos, pero también con pasarelas de intercomunicación.
            Todo un mundo narrado con un estilo singular, que sitúa a los asistentes entre el desconcierto por la estructura y la fascinación por el lenguaje. Lo uno porque el recurso del flashback, de presencia sistemática en la novela, aun ponderado, a veces abruma. Aquí se vuelve el foco a la autora: desconocida hasta esta su primera obra, pero con anteriores trabajos en el cine (según información aportada a la reunión). Se explica, pues, la arquitectura de película del desarrollo narrativo, ¿se justifica también?
            Pero en cuanto al lenguaje, unanimidad. Su abundancia polisémica -ya indicada-, su intensidad descriptiva, esa expresión novedosa y tan rica que transita (paralelismos, énfasis…) de la prosa a la prosa poética y de esta a la poesía misma, lenguaje sugerente por excelencia. Tal calidad se percibía que incluso se elogió el trabajo del traductor de la obra al español.
Cuando la sesión concluía, ratificación: libro sin encanto si desfalleces y lo abandonas a mitad de camino; pero si llegas al final, gratificante, “maravilloso” (en el decir de algún contertulio). Los prolíficos comentarios desgranados a lo largo de la reunión así lo aseveraban, e incidían en que obra tan rica merecía el sabor de una nueva lectura. El instrumento percutor.
            Algún que otro de los presentes que, aun sin haberla leído o abandonado en la página insuperable, asistieron expectantes, se conjuraron conversos ante los demás para leerla hasta su conclusión. Onda expansiva.


Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Reseña de la sesión dedicada a AL MORIR DON QUIJOTE de Andrés Trapiello

Es que uno no sabe si comenzar por la realidad ambiente resultante o, soslayándola un poco, acometer de principio la vasta consistencia analítico-intelectual que a duras penas se batía contra un verso suelto quizás hasta insufrible. Sesión, pues, de género particular.
            El común de la reunión, en su línea, se aplicaba al diagnóstico lato y neto de esta obra. Y partió de una interpretación inicial de la coordinadora de la tertulia, nos encontrábamos ante una forma de metaliteratura. El término, aceptado, en esos primeros momentos quedó… por ahí. No se volvería a mencionar -como tampoco líneas abajo de este escrito-. Y sin embargo, curiosamente bulliría y se escondería y emergería cual cabriolas de delfín desde el subconsciente analítico de gran parte de las intervenciones. La indefectible concomitancia de esta novela con la otra, la que ya mora en el altar del mito.
            No se consideraba libro de lectura fácil y ágil, para algunos costaba  integrarse en ella, principalmente en la primera mitad. Hubo quien confesó o lamentó “me ha faltado divertirme y engancharme”.  Aunque, la tendencia ampliamente mayoritaria se inclinaba en dirección opuesta: prodigiosa, divertida, con su punto de ironía, una novela en paladar categórico.
            Pero no hubo distingos en cierta trascendencia: este Al morir Don Quijote nos redirigía la mirada crítica hacia el personaje, primero,  y segundo, o la vez, hacia la lectura de El Ingenioso Hidalgo… Entendía la tertulia esta suerte de revival fruto de un cabal ensamblaje del autor con Cervantes.
Logro de Andrés Trapiello que se permite, además, una especie de juego de espejos con los autores, con los que salpimenta la trama: el propio Cervantes, el Cide Hamete de El Quijote, su Sansón Carrasco y el de la futura novela El final de Sancho. Juego de espejos, juego de autores, en definitiva, juego de perspectivas.
No en vano, este escritor, conocido discípulo aventajado de Francisco Rico, lleva diez años estudiando, trabajando y `traduciendo´ -entiéndase, trasladando al español actual- El Quijote.
Dedicación y mérito en ponderación unánime de la reunión. En esta novela recrea el lenguaje cervantino de tal modo que intercala en ella párrafos de El Quijote sin que se aprecien diferencias. La atracción del estilo y sus efectos en la lectura de algunos asistentes: frases subrayadas y memorizadas continuas, todas destacables.
Abundaron, pues, las intervenciones en torno a la relevancia del lenguaje cervantino, de su técnica y expresión. En detrimento de la atención hacia el argumento o la trama de la novela. Algunos repasos del final de la segunda parte de El Quijote conectaban con su Al morir… y lo explicaban, y adivinaban una estructura similar en ambas novelas.
Algo más difícil, dar cumplida cuenta del final de nuestra novela. Porque, en la línea de lo indicado antes, primaba la idea de que casi hubiera dado lo mismo que el autor lo hubiera resuelto de un modo que de otro. Porque el verso suelto anduvo desatado por este pasaje de la sesión. Y además, porque se planteó una cuestión concreta: la antinomia idealismo-realidad, personalizada en Sansón Carrasco. Su figura, su comportamiento último, ¿acaso no suponía una huida hacia el idealismo con tal de eludir la realidad?, ¿y si equivaliera a una forma de hipocresía social?
O quizás le moviera el eterno mantra del amor. Como el que embargaba a la sobrina y al ama de Don Quijote, cada cual con su vertiente, pero que las llevaba a confluir en una tan inusitada como estrecha relación.
Se desprende el gran artificio: la locura de Don Quijote irradia en derredor. Polifonía de El Quijote que reverbera en nuestra novela. Personajes universales, que convierten en universal al autor.
Con todo, fue el personaje de Sancho quien suscitó más comentarios. Principalmente por su creciente protagonismo durante la segunda mitad de Al morir…, en paralelo a la evolución de su personalidad, la metamorfosis que experimenta hacia la de su malogrado amo.
Análisis que mereció la siguiente reflexión: se trata de un proceso dialógico mediante el cual las personas nos `contaminamos´ unas de otras; de ahí la importancia de la variedad en los grupos sociales. Y se incide en ese concepto, proceso, puesto que la trasmutación no se produce a consecuencia de un hecho puntual que la haga irreversible. En Sancho ocurre cuando la apariencia de la realidad poco a poco se le viene abajo.
Para determinar la relación causa-efecto se pone el acento en la decisión de Sancho: aprender a leer. Primero, para conocer directamente lo que se dice de él en El Quijote, y reajustar en consecuencia sus actitudes y comportamientos. Al hilo, nueva reflexión: cómo las personas sobreactuamos cuando se nos pone el foco (le ocurre a él y a otros personajes cuando saben que van a salir en el libro). Y segundo, para ser libre -¡ay, la libertad que proporciona la lectura!
Dos mensajes más quedarían latiendo en el ánimo de la reunión, recogidos al alimón por la novela inmortal y por esta, que lleva camino de serlo también. Por un lado, Don Quijote recupera la cordura y poco después muere “de melancolía”; es decir: recupera el sentido de la impotencia y muere ante la conciencia de lo imposible. Y por otro, `loco´ y `cuerdo´ no son términos absolutos, admiten grados.
¿Y lo del verso suelto? Si comentabais una narración… Pues eso, admite grados.

Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Reseña de la sesión dedicada a EL BAILE DE LA VICTORIAde Antonio Skármeta

El embrujo de un título. Durante la reunión se aludió al juego de ambigüedad del título de la novela. Baile de quién o de qué, ¿del interpretado por el personaje de Victoria?, ¿del golpe-atraco de los protagonistas?, ¿de éstos sólo o de los personajes en general?, ¿del triunfo político?

La respuesta quedaría en el aire, como otras sospechas, pero baile baile como tal, haberlo, lo hubo y mucho a lo largo de toda la sesión. Fragoroso, melódico, atropellado, controvertido, entreverado, con ritmo y arritmias.

La obra, el mejor Premio Planeta de los últimos tiempos a juicio de un tertuliano, se prestaba al debate. Sin duda. Ya se reconoció desde el principio. Y el baile, ese baile de las ideas, comentarios y opiniones no se hizo esperar.

En cuanto el moderador dio marco a la novela, sugirió temas y pronósticos, saltó a pista la primera ¿disidencia?: “No me ha gustado”, taxativa. Y sus razones: primero una ligera concesión, la novela es distraída, pero…, bueno, vale; aunque añadiría inmediatamente: sin argumento cerrado, deficiencias en la estructura, final demasiado abierto, y, por si fuera poco, dificultad de lectura por su exceso de chilenismos. Posiblemente toda una sorpresiva propuesta para el baile de análisis.

Dado que la calificación de `distraída´ remitía a impresión subjetiva, y no a género alguno, la tertulia se aprestó a desbrozarlo. En este aspecto el compás discurrió acorde y conjuntado. Quien le detectaba tintes de novela negra (intriga, suspense, malhechores). Quien la valoraba de aventuras. Quien, de lucha por ideales. Quien, de perdedores (y que movía a la ternura). Hasta de novela visual se habló en algún momento. Pero, sin negar los atributos anteriores, primó que se acoplaba más al concepto de novela de personajes.

De fondo, el post-Pinochet de Chile, nación del autor. Al cual agrupa la tertulia con otros escritores sudamericanos en tanto cuentan con unas sociedades muy accesibles para su ficción. En la de este Baile de la victoria, dos aspectos destacables: sólo la humanización salva a estas sociedades problemáticas, corruptas; y además, la necesidad de luchar para escapar del medio hostil, de lo contrario, no hay salida a pesar de la llegada de la democracia, intención fundamental de Antonio Skármeta para los asistentes.

Seguramente por esto, la trama se antojaría al autor cuestión menor. Seguramente, pero no para la reunión, en vista de que en los tramos de la trama el baile se volvía más intenso. Las intervenciones, un mosaico de compases acelerados: concordantes, divergentes, autónomas, aclaratorias, didácticas. Unas hablaban de tramas poco creíbles (como justificar el encierro de un preso en una celda día a día durante un mes sin levantar sospechas, o las imprecisiones narrativo-descriptivas que enturbian el golpe-atraco). Otras, de sobrecarga narrativa en algunos capítulos. Y cambio de cadencia, una historia con encanto: la ayuda mutua entre personajes no exenta de sacrificios y renuncias (la del policía como entrañable vicario), bien ensamblada. Nuevo giro, la trama denunciaba corrupción, o se recordaba lo de “quien roba a un ladrón…” Y con todo, la mayoría, ocupada y casi obsesionada en no perder los pasos del golpe-atraco (nudo, sin duda, del proceso narrativo), se sumaba a un doble escorzo: por un lado, lo importante, lo interesante, no residía en el cómo, en la trama misma, sino en el objetivo, que prosperara el robo; y por otro, que el autor apenas mostraba verdadero interés por la trama.

Para la tertulia, el trabajo principalísimo del autor se centra en los personajes, por qué actúan así, los motivos de sus comportamientos (cada cual con los suyos). Para elogiar o recelar de sus peculiaridades, se ajustaron pasos y giros, el ritmo altibajounítono y dinámico. Junto con la dimensión humana de sus diálogos, cautivan perfiles y encuadres, donde los `malos´ oficiales resultan ser los `buenos´ y al revés. Vaya por delante, sin embargo, algún reparo: ¿personajes cultos siendo del hampa? Lo que no impide, desde luego, que lleguen al lector, incluso los secundarios, encantadores también.

Pero movimiento sincopado y máxima plasticidad, con los tres protagonistas. Skármeta no les había asignado los nombres a voleo, no, respondían a una simbología más o menos subliminal o evidente. Victoria, Ángel y Nico.

A Nico, maduro y descreído, afamado delincuente, le molesta el acortamiento del nombre, prefiere el renombre de sus apellidos, Vergara Grey, más con el segundo, por su similitud con la invención del teléfono (Grey-Gray). Notoriedad, según un tertuliano, con la que el autor trampea un poco: hay que demostrarla con la ¿precisión? del golpe-atraco –“qué, cómo”, le pregunto en un aparte, y me responde “no te preocupes, lo que quiero es crear polémica” (imagínese la efervescencia del baile)-. En cualquier caso, sus aspiraciones de status blanqueado tras la cárcel van mudando hacia los ideales de los otros.

Y Victoria y Ángel, los dos chicos jóvenes del triángulo, exponentes de los ideales puros. De Victoria, aunque los asistentes se detuvieron unos momentos en sus exámenes, la reflexión que les planteaba como docentes, ponderaron el nombre como sello de sus anhelos. Mientras que la interpretación de Ángel apenas necesitaba tampoco verbalizarse: primero demonio (por su aparente incitación al mal), después custodio. Si bien, su asesinato, por decisión del autor, creó una cierta decepción.

Una muerte, esa, con desenlace narrativo pero sin merma de feromonas en la reunión. Controversias, baile dispar y casi desparejado: ¿Final abierto?, no importa. Pero desesperanzador. Quizás mejor cerrado, permitiría una puerta al optimismo. También posibilismo en el azul metafórico del comienzo y el final de la novela. Y persistencia en la simbología, la última secuencia: padre que ha perdido un hijo y gana una hija, hija que ha perdido al padre y gana otro. Pero otra contra, cruda: los protagonistas que sobreviven salen huyendo. 

Como alguien apuntó en algún momento de la sesión: este libro, una lectura de ida y vuelta, a veces te pierdes y luego vuelves. Así el baile, ¿no?

Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

sábado, 8 de agosto de 2015

Reseña de la sesión dedicada a EN LA ORILLA de Rafael Chirbes

             Una sesión particularmente desestructura, quién sabe si por efecto de ciertas latencias generadas por la lectura de esta novela en el ánimo de los asistentes, ¿admiración, identidad, melancolía, solidaridad, conmiseración, prevención, trauma, posibilismo, angustia? Hervidero cuyo chisporroteo incontrolado no remansó hasta el cierre. Tentador clima para su traslado a estas líneas con enfoque cronológico, aun a riesgo de barullo expositivo.

La reunión comenzó con argumento de autoridad, el aval de la crítica a la novela: la manera de narrar daba la talla de un gran escritor. La tertulia se sumó al criterio en este momento inicial y en otros posteriores -de los que también quedará constancia.

            Enseguida, sobre el tapete, la complejidad temática. Discernir las variables y concomitancias del mensaje, donde la intención del autor parece exacerbarse o estancarse. Se plantea la tertulia si éste no cae en un exceso repetitivo, o acaso pretenda distintas perspectivas para un mismo asunto.

            A partir de ahí, la crisis en el frontispicio de la novela y de la reunión. La crisis, ¿qué crisis? Crisis económica, pero a la vez y en el mismo pack crisis de valores, contexto de duopolio muy reconocible para los asistentes. Que el novelista traduce en una especie de alegoría: el pantano como espacio, cuyas aguas, ahora envilecidas, simbolizan el mundo actual, su podredumbre, etc., en contraste con el mismo escenario idealizado por el protagonista en su niñez.

            Sí, sí, Chirbes escribe muy bien. El comentario, generalizado, no llega de la inercia, sino de la identidad con esa forma tan directa y punzante de narrar el éter de la ruina humana, guadaña vigilante del relato.
            Y por fin se decide abordar la figura del protagonista, eje inevitable y perturbador de todas las miradas. Como primera consideración, su cabeza de `mono loco´, origen del supuesto amontonamiento temático a lo largo del relato y su consecuente y presumible válvula repetitiva. Aunque, la justificación al quite: la narración huye de lo lineal y abunda en el perspectivismo, de ahí que las secuencias se acumulen e incluso se superpongan.

            Se coló por aquí a un apunte denostando las consecuencias genéricas de la crisis, que no tardó en particularizar imagen de la emigración en distintos países.

            Sesión de vértigo. No se había terminado con…, cuando se retoman elogios hacia la fórmula narrativa: monólogo interior sumado a estilo indirecto libre. Casi entre paréntesis, una intervención destaca que el protagonista hace repaso y ajuste de cuentas con personajes y etapas de su vida. Pero ahora estamos en la expresión: se ponderan el recurso de paremias, la estrategia de redacción en el empleo de los dos puntos y, en general, la marca de un estilo narrativo trepidante -casi como el ritmo de la sesión.

            No obstante, se imponía el retorno a la temática y su impronta en el protagonista. Contra el tufo pesimista de la novela, algunas opiniones o deseos sugirieron que ésta también desprendía algún rayito de luz: la relación de Esteban con Leonor, con su tío, con Liliana. Si bien, a ojos de otros asistentes, quizás de todos en el fondo, sólo nos debatíamos entre posibilismos. ¿Qué certidumbres, si la única solución que aporta el protagonista, su única y última esperanza, es el suicidio? La muerte como purificación.

            El protagonista, del derecho y del revés. A diferencia con la generación de su padre y de su abuelo, carece de ideología (a modo de cuña, se considera en este punto que la novela tiene mucho de ensayo). Alguien asegura percibir en él rasgos de envidioso, pero planteamiento rechazado; son más propios de un amargado. ¿Víctima del azar?, nunca ha dispuesto de auténtica libertad, las sucesivas circunstancias han estado conduciendo su existencia. Buena parte de su misma personalidad se revela condicionada por la del padre. Vida fracasada, fallida, cuya atmósfera narrativa alcanza por extensión al resto de personajes.

            La pregunta vino rodada y retórica: ¿En la orilla de qué? Es tan difícil convivir con la soledad y el desamor.

            A estas alturas, se desvió un poco la atención de la tertulia hacia los sustratos del mundo del bar, donde se cuecen negocios, machismos y otros sucedáneos. También, por contra, hacia otro atisbo de credulidad en la condición humana, por tibio y controvertido que se antoje: la fe de Liliana, cuyas ingenuidades reprocha el marido, pero en la que ella persevera acaso con tintes cínicos a poco que se escarbe en el personaje.

            Fases de la novela y episodios que resitúan el ambiente dialéctico en el fragor narrativo, capaz de introducir al lector en su médula e identificarse o solidarizarse. Personajes, situaciones e ideas son palpables en la diversa realidad de los asistentes. No cabía duda para la derivada: la intrínseca relación angustia-estilo narrativo.

            En los últimos destellos de la reunión se puso el acento en la rebotica de las codicias, sus miserias y avatares. El escritor describe gráficos muy de actualidad, se pone el ejemplo -triste- del trabajador que cobra en negro para mantener la prestación por desempleo.

Pero, ¿no terminamos un poco exhaustos?

Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Reseña de la sesión dedicada a EL MUNDO DE AYER de Stefan Zweig

Te sientes un tanto cohibido, ¿verdad? Llegas a la reunión con la sensación de que ya todo está dicho -escrito- de antemano, y tan bien. De que poco, muy poco, puedes aportar o contraponer a los mensajes del libro. Detectas riesgo más que probable de caer en generalidades de manual o en el ridículo intelectual, carencias inconfesas aparte. ¿Cómo lo afrontas?
La humildad siempre es buena consejera. En este microclima vivaqueó la sesión (aunque tampoco faltó algún amago de descarrilamiento).
            ¿Por qué no confesarlo? Buena parte de las intervenciones reprodujeron miméticas las reflexiones desplegadas a lo largo de la obra. Un sentimiento receptivo, casi reverencial. Que no implicaba, desde luego, entrega automática, indeliberada -actitud muy alejada de este Club de Lectura-, sino fascinación por la veracidad, franqueza y transcendencia del pensamiento vertido.
La tipología del libro (¿autobiografía, crónica…?) interesaba, claro; pero más las vivencias del autor, aquella Europa del XX roturada con sangre de guerras. Y todavía más inquietante que la historia, las premoniciones.
Catarata de ideas que te agobia´, en opinión del circunstancial moderador -flamante para esta reunión (¿acertada ocasión?)-, que la tertulia asumió enseguida con un hálito liberador, un consuelo. Tantas ideas argumentadas y matizadas dejan su poso, pero  muchas se olvidan.
            Disyuntivas que los asistentes intentaban desbrozar desde la fundamental, compleja y turbadora tesis del autor: los contemporáneos de cada época no perciben, percibimos, las dimensiones del proceso de cambios socio-geo-políticos que se están fraguando. Al respecto apunta-acusa a tres factores principales: la desidia social, la manipulación de los jóvenes y la realidad creada por la propaganda. La traslación de aquellos condicionamientos a la actualidad (¡un siglo después, sólo uno!) propició paralelismos poco halagüeños. Se preguntó, por ejemplo, por la erupción del mundo islámico, y en esta órbita, por los jóvenes (hombres ¡y mujeres!) que se alistan en el llamado EI, ¿preocupante correlato de las juventudes hitlerianas?
            La reunión oscilaba, bajamar-pleamar, entre El mundo de ayer, el de hoy y el del incógnito futuro. Conciencia avivada por un escritor apátrida, héroe, quizás profeta, pero con ángulo de visión difícil de precisar. Acaso focalizara desde la élite enriquecida, ¿pero importaba demasiado? Algo sí quedaba claro: él no cuenta la historia, sino su por qué y cómo, y así la hace entendible. Mérito sustentado en su celo por la expresión escrita (según él, cribaba páginas y páginas). Con resultado de éxito indiscutible que, sin embargo, él relativiza.
Aproximación específica al autor donde recibió algún reparo: contar con la perspectiva histórica hacia el pasado le habría permitido un análisis más frío y ponderado. La réplica no tardó. Por un lado, él no se podía permitir cruzarse de brazos ante él infortunio sociopolítico que presenciaba. Y por otro, su cercana experiencia de la 1ª Guerra Mundial le proporcionaba sobrada solidez argumental para denunciar demoledores precedentes en la 2ª.
Alemania en el eje, del libro (el texto se detiene en mitad de la catástrofe). Con dos vectores de alarma, que la reunión deduce trascendentes para el escritor. Uno en su Viena natal, en proceso de satelización de Alemania. Cambio que Stefan Zweig achaca amargamente (¿vaticinio para la posteridad?) al bienestar, la comodidad, etc. Estas, digamos, propiedades no responden a un estado natural, otorgado de antemano, hay que preservarlas con esmero y dedicación. Por contra, la desidia…, ya se sabe. Hasta quizás permitió que Hitler invadiera Austria. Entre esas y otras razones, por revancha contra la elitista Viena que antes lo había encarcelado. Y el otro vector, en torno al antisemitismo, los factores que lo alentaron o reactivaron entonces: la aristocracia reacciona por una especie de envidia contra la burguesía-judíos, que había ocupado su espacio socioeconómico (nada nuevo, por otra parte, con respecto a similares episodios históricos anteriores).
Al hilo, en ese brujulear entre épocas, los asistentes constataron las escasas referencias a España (algún apunte a su guerra civil y a la relación del autor con Dalí). Se justifica en que nuestro país no participó en la 1ª ni en la 2ª Guerra Mundial (con sus ventajas e inconvenientes). También se añadió un ¿decorado? de fondo para Alemania: controvertidos conceptos de orden, justicia y eficacia.
Y por ahí, otro de los motivos capitales del libro, la mano ¿sólo protectora? del intelectual. Determinar el valor, su posicionamiento e intervención en la sociedad, su papel ante los atropellos políticos. Al respecto, la tertulia destacó tres de los datos comentados por el autor: el lamento de Freud por la dejación de la cultura, el cuestionamiento de las aportaciones propias de la Universidad, la respuesta particular de Benedetto Croce (rodearse de libros como única arma de resistencia). Y de lo particular a lo general, la aspiración de Stefan Zweig (y su frustración): a veces no es suficiente que los intelectuales tomen la palabra, la tribuna, deben actuar también, con un sentido de colectividad moral por encima de fronteras.
Desde tal pensamiento arremete contra los nacionalismos, a la vez que aboga fervientemente por una corriente de opinión que ya germinaba entonces, la de una Europa unida. Verifica la tertulia así que esa idea de Europa no es tan reciente como se cree, el libro la remonta a principios del XX. Aunque los primeros pasos se materializarían tras la 2ª Guerra Mundial. Hasta alcanzar la situación actual se ha avanzado mucho. Impensable en los tiempos de  Stefan Zweig, y menos para este defensor del espíritu europeo, que acabó el libro y se suicidó (por información aportada a la reunión) sumido en sus desesperanzas y en el espanto de que Hitler invadiera Inglaterra.
Deja así el libro una huella de decepción, ¿verdad? Tanto por el suicidio, ajeno realmente a la lectura, como por el pesar y la desazón que te va horadando a lo largo de ella. ¿Cómo afrontar tus conclusiones de otra manera?


Fdo.: Ricardo Santofimia Muñoz.